España vive más cara: la inflación baja, pero la sensación de empobrecimiento continúa

Durante meses se ha repetido una idea desde gobiernos, bancos centrales y titulares económicos: “la inflación está controlada”. Técnicamente, es cierto. España ya no vive aquella explosión de precios de 2022, cuando la energía, los alimentos y el combustible parecían subir cada semana. El IPC se ha moderado y Europa ha evitado, al menos de momento, una crisis inflacionaria descontrolada.

Pero la realidad cotidiana cuenta otra historia.

Porque una cosa es que la inflación baje y otra muy distinta que los precios vuelvan atrás. Y eso no está ocurriendo.

La cesta de la compra cuesta hoy muchísimo más que hace apenas cinco años. El alquiler se ha convertido en una preocupación estructural para millones de personas. Comer fuera, viajar, llenar el depósito o simplemente mantener una familia exige un esfuerzo económico muy superior al de hace una década. Mientras tanto, los salarios han subido, sí, pero no al mismo ritmo que la sensación de pérdida de poder adquisitivo.

Y ahí aparece el verdadero problema económico de España: no una inflación fuera de control, sino una sociedad que empieza a asumir que vivir será progresivamente más caro sin que necesariamente se viva mejor.

Por lo tanto, mi observación del dia a dia, de hablar con amigos, de escuchar a compañeros de trabajo,  hace que concluya que el nuevo modelo económico es de estabilidad aparente pero un desgaste silencioso importante

España no está en recesión. Tampoco en colapso. El empleo resiste, el turismo bate récords y las cifras macroeconómicas permiten cierta tranquilidad institucional.

Pero bajo esa estabilidad existe una sensación social distinta: trabajar más ya no garantiza avanzar más. Esa percepción es peligrosamente importante. Porque las economías modernas no funcionan solo con estadísticas; funcionan también con expectativas. Y cuando una parte creciente de la población siente que:

  • ahorrar es casi imposible,
  • comprar vivienda es inalcanzable,
  • formar una familia se retrasa indefinidamente,
  • y el futuro será más caro que el presente, empieza un desgaste lento que afecta a toda la estructura social.

La inflación actual ya no es únicamente energética. Hoy la sostienen sobre todo:

  • servicios,
  • vivienda,
  • alimentación,
  • seguros,
  • ocio,
  • restauración,
  • y costes estructurales acumulados.

Es una inflación menos explosiva, pero mucho más persistente.

El Banco Central Europeo consiguió frenar la escalada de precios subiendo tipos de interés. El objetivo era claro: enfriar la economía antes de que la inflación se volviera crónica. Y, en cierto modo, funcionó. Sin embargo, el precio de esa estabilización empieza a verse en otros lugares:

  • hipotecas más caras,
  • crédito más difícil,
  • inversión más lenta,
  • y una economía que crece, pero sin sensación de prosperidad compartida.

Además, con una pena inmensa tener que decir esto, pero las guerras siguen presentes, demasiado presente…(rezo cada día para dejar de pensar en niños pequeños y tanto cadáver por la calle, que insufrible saber que estamos asi) La invasión de Ucrania alteró completamente el mercado energético europeo y disparó costes agrícolas e industriales. El conflicto en Oriente Medio añade tensión constante sobre petróleo, transporte marítimo y cadenas logísticas globales. Si nos ponemos a pensar, Europa se ha adaptado mejor de lo que muchos preveían, pero vive en una economía más frágil, más cara y más dependiente de tensiones geopolíticas externas.

Para mí, ciudadana de 46 años, trabajadora y madre de familia numerosa, la gran fractura es LA VIVIENDA Y LA CLASE MEDIA

Probablemente el mayor problema económico español ya no sea la inflación en sí, sino la vivienda. Porque cuando una parte enorme del salario desaparece en alquiler o hipoteca, todo lo demás se encarece psicológicamente:

  • la compra,
  • el ocio,
  • el ahorro,
  • la natalidad,
  • incluso la estabilidad emocional.

España corre el riesgo de consolidar una generación que trabaja, consume y sobrevive… pero no construye patrimonio ni sensación de progreso.

Y una clase media sin capacidad de ascenso acaba generando frustración política, polarización y desconfianza institucional.

 

Voy a atrever a opinar sobre propuestas que ya se han comentado mil y una vez: No existen soluciones mágicas, pero sí líneas de actuación razonables.

  1. Reducir el coste de la vivienda

Hace falta:

  • más oferta,
  • licencias más rápidas,
  • vivienda pública útil,
  • alquiler estable,
  • y construcción más eficiente.

La vivienda es ya el gran factor de desigualdad.

  1. Mejorar salarios a través de productividad

Subir salarios sin productividad acaba alimentando otra vez la inflación. La clave está en:

  • tecnología,
  • digitalización,
  • IA aplicada a pymes,
  • industria de mayor valor añadido,
  • y formación técnica moderna.

España necesita depender menos exclusivamente del turismo y de sectores de bajo margen.

  1. Energía barata e independencia estratégica

Europa aprendió una lección durísima:
la energía barata no estaba garantizada.

España tiene potencial enorme en:

  • renovables,
  • almacenamiento,
  • redes eléctricas,
  • y autonomía energética.

Eso puede convertirse en ventaja competitiva real.

 

 

El verdadero riesgo no es el colapso porque España no parece dirigirse hacia una crisis súbita. El riesgo es otro: una lenta normalización del deterioro.

Aceptar como inevitable que:

  • vivir sea cada vez más caro,
  • ahorrar cada vez más difícil,
  • y progresar cada vez más lento.

La inflación oficial puede bajar. Pero si el ciudadano medio sigue sintiendo que su vida cuesta más y rinde menos, el problema económico seguirá existiendo, aunque los indicadores digan lo contrario.

Y quizá esa sea la gran cuestión de esta década: no cómo evitar el desastre, sino cómo recuperar la sensación de futuro.

María Jesús Ordóñez Fernández,

 

Mayo 2026,

 

Chiclana de la Fra. CÁDIZ

 

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